Entre el Usuario y Dios (divague teológico).

(Este post es teológicamente ateo. Tengan a bien tomarlo como de quien viene).

Es fantástico cómo en muchas empresas de IT, los encargados de diseñar las interfaces toman el nombre del usuario en vano. O sea, para legitimar sus propios comentarios.

He escuchado frases como “es obvio que el Usuario lo entiende”, “esto para el Usuario es muy claro”.

Todo esto, claramente sin hacer ni una bendita prueba con un usuario.

Esto me recuerda a la figura de Dios.

Muchas religiones cuentan con un personaje central creador y todopoderoso, un libro sagrado (que legitima su autoridad) y una casta que hace de única traductora de sus mensajes encriptados.

Esta clase parasitaria, es la que interpreta hermenéuticamente los mensajes divinos y los transmite al pueblo de un modo genial: “Dios quiere que te sometas a la palabra de la iglesia”, “Dios dice que este es nuestro territorio”… y atrocidades conocidas y vividas a lo largo de la historia.

Para reforzar este mandato, la religión cristiana construye un magnífico espacio-tiempo llamado “infierno” (en griego significa “en el horno”), que es la representación visual de lo que se hacía en la antigüedad con los deshechos: se los quemaba en un horno.

Esta amenaza refuerza el mandato de la autoridad irrefutable de este ser que sólo habla a través de sus intérpretes.

Estrategias de poder.

Esto mismo (por suerte en menor grado) se ve en la vida cotidiana y en las relaciones laborales.

Hay personas que necesitan legitimar sus decisiones – muchas veces arbitrarias y verticalistas – y constuyen la imagen ficticia de un “usuario” que  funciona como disfraz del orador.

Ese usuario es imaginario y se lo utiliza para legitimar las propias ideas.

Creo que el desafío es desprenderse de las propias estrategias de poder,  detectar las ajenas y empezar a escuchar al usuario.

El usuario no es Dios. El usuario es específico, existe y requiere ser investigado.

6 comentarios

  1. Muy bueno, je, je.
    Lástima que para preguntar al usuario (ya no digamos investigarlo) hay que tener valor y hay que estar dispuesto a escuchar… ¿Qué pasa si el usuario dice al programador, analista, diseñador o …., que está equivocado? ¿Es el usuario un hereje?

  2. Divino!
    En serio, creo que encontraste un punto de contacto interesante, la construcción de esa autoridad incorpórea que solo algunos pueden interpretar.
    Creo que tenes razón, hay que escuchar a los usuarios concretos y reales.
    Ahora queda un temita… Quien interpreta sus acciones y palabras? Sigue siendo necesario un exegeta de la realidad del usuario, y esos somos nosotros, los profesionales de experiencia de usuario. Ya se, me estoy erigiendo en miembro de la casta privilegiada, pero el desafio será transparentar lo que vimos y oimos, y como y porque lo interpretamos de tal manera. No se, es lo que se me ocurre por ahora…
    Gracias Vero por esta herejía inspirada por el Espiritu ;)

    -jenri

    • Verónica Traynor

      6 febrero 2011 a las 11:49 am

      Hola Jenri! Y si… entiendo que siempre se necesitarán los especialistas exegetas que (ex)traigan la correcta interpretación (o al menos, la más cercana a la realidad). El desafío – también teológico – es salir del llamado pensamiento mágico (o infundado) y remitirse a los hechos dentro de su contexto. Un abrazo ;)

    • Verónica Traynor

      6 febrero 2011 a las 11:53 am

      Jenri (Stanziola!), me quedé pensando… es impresionante la relación entre la teología y la usabilidad, no? En ambos casos hablamos del dios Hermes y su hermenéutica … ;)

  3. Mis disculpas por adelantado por el bloque de texto en ingles, pero el articulo me recordó esta parte del libro Boiling a Frog por Christopher Brookmyre:

    There she was, angry at Doollan and Shelley for weighing into the abortion issue rather than the issues she thought were more pressing. Why was that? What was it that she felt they could bring to the table? Was it that they represented the faith she felt part of? Perhaps, but only partly. In the main it was because they represented the authority of God, and let’s face it, everyone wants God on their side in an argument. That was where politics and religion had an incompatibility.

    Bringing your faith into a political debate was, however you tried to disguise it, an attempt to attach God’s authority to your case, and that simply wasn’t on. Few might argue with your fervent belief that God shared your abhorrence for homelessness, but what about the rest? Abortion? Sex education? The welfare state? Agricultural policy? Did God share your position on those things too? What, pray, was God’s stance on the euro? Beef on the bone? Land reform? A proposed cut in interest rates?

    Politics, even in this shallow age, was still ultimately about argument and discourse. You could not discourse – and you bloody certainly couldn’t argue – with someone who claimed divine right.

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